Aprendiendo a gestionar propósitos

Ya ha empezado 2018. Y habrás hecho un listado de cosas que te gustaría hacer este año. O no. Pero tal vez tienes cosas en mente desde hace tiempo que te gustaría conseguir.

Yo, con la llegada del año nuevo, entre otras cosas, me propuse firmemente conseguir que mi hijo pequeño (a días de cumplir los 8 meses) aprendiese a dormir él solo en su cuna. Lo que ha pasado en lo que llevamos del mes de enero me ha hecho reflexionar mucho sobre cómo nos enfrentamos, al menos sobre cómo me enfrento yo, a las cosas que queremos conseguir. Seguro que más de uno se siente identificado.

Te pongo en situación. Yo tengo un recuerdo muy nítido de mi infancia. Cada noche al irme a dormir necesitaba que mi madre viniese a la cama a tumbarse conmigo y quedarse ahí hasta que yo me durmiese. Sé que me pasaba hasta los 10 años (no sé cuánto tiempo más duró), y tengo el recuerdo de decirle a mi madre (y sentir) “me duele la barriga, mamá”, o sea, que yo no lo sabía, y ahora sí, pero sentía angustia si mi madre no venía. No diré nada de cómo se sentía ella cuando agotada quería irse a dormir y yo le pegaba un grito desde la cama “mamá, no vas a venir?!”.

Cuando nació mi primer hijo este recuerdo me atormentaba. No quería que mi hijo sintiese esa angustia si yo no estaba cada noche pegado a su cama. Quería que aprendiese a dormir solo desde pequeño. Como este blog no va de crianza, no voy a entrar a dar consejos sobre cómo abordar el tema del sueño de los niños, ni de qué métodos usar, ni valoraré qué es mejor o peor, … nada de eso. Traigo la experiencia como ejemplo de un objetivo mío y de cómo he conseguido alcanzarlo. Porque sí. Lo conseguimos. No recuerdo muy bien cómo, pero el objetivo se consiguió antes de que cumpliese un año.


Cuando nació mi segundo hijo, hace ahora casi 8 meses, no nos planteamos este objetivo encima de la mesa de una manera tan evidente como con el anterior. Estaba ahí, sí, pero no era algo prioritario. Los meses fueron pasando, y el enano “pedía” mucho estar conmigo todo el tiempo, así que lo metía en la cama y muchas noches las pasaba prácticamente enteras en ella… Con la consiguiente falta de descanso por mi parte.
Los meses iban pasando. Y yo me decía “es tan pequeño… no puede aprender aún a dormir solo”, y llegó el verano y vacaciones en casa de unos abuelos, y de los otros, un viaje… y yo decía “no es buen momento para poner rutinas si estamos cambiándole de cuna cada semana”… y empezó el curso del mayor y yo empecé a trabajar y me repetía “la lactancia a demanda ha hecho que quiera estar mucho conmigo” “igual es pronto para que se duerma solo”…

Vamos, que los meses iban pasando y yo no conseguía alcanzar mi objetivo. Lo quería? Sí, pero ahora viéndolo con perspectiva, reconozco que no ponía todos los medios para cambiar la situación, porque creía que no podía cambiarla todavía. Aplicaba algunas ideas, pero cada día pasaba lo mismo… Él lloraba si lo dejaba en la cuna despierto, y si lo dejaba dormido, aguantaba no más de 2 horas y volvía a llorar… Y yo tenía más dolores de espalda por la postura. Y más dolores de cabeza por no dormir. Y agotamiento físico y mental.
Y de repente, en Navidad, después de no dormir nada en 3 noches seguidas, decidí que había llegado el momento: “en enero empezamos”.
Y qué pasó? Pues que me lo creí. Que necesitaba tanto que se durmiese él solo (no en mis brazos) y que durmiese más de 2 horas seguidas él solo en su cuna, que empecé a definir el plan.

Busqué en internet foros donde se contasen experiencias, leí artículos de diferentes pediatras, intenté recordar cómo lo habíamos hecho con el mayor, y algo diferente, observaba al enano, para entenderle... Empecé a definir el plan, a pensar alternativas… Y un día, la primera semana de enero, lo tumbé boca abajo. Sí, postura nueva. Y no lloró. Y en ese mismo momento me di cuenta de algo clave, que ya decía Einstein: “Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo”.



Me di cuenta de que la clave estaba en probar cosas nuevas, hasta que encontrase la que resolviese la situación. Me di cuenta de que a veces un pequeño cambio marca una gran diferencia.
No me creerá mucha gente. A mí me cuesta creérmelo. Pero llevamos más de una semana siguiendo una rutina, sin lloros, en la que el enano se queda despierto en la cuna y se duerme solo!!. Todavía no aguanta toda la noche dormido del tirón, pero ya no es lo de antes de llorar a cada hora.

Yo llevo una semana dándole vueltas a esto que ha pasado. A cómo la manera de afrontar un objetivo hace mucho en la consecución del mismo. Pienso en cuantas veces he dicho “tengo que hacer algo de ejercicio” y no me he molestado en enterarme de qué gimnasios hay cerca de casa, de buscar horarios y pensar cómo encajarlo… Y es que si no me lo creo, no voy a poner toda la carne en el asador para luchar por eso que digo que quiero…



Hace meses en mi anterior perfil de Instagram @elamodemidestino colgaba una foto que decía “Tómate en serio tus sueños… O despierta de una vez!!”. La reflexión de aquel momento, que rescato aquí, es que cuando realmente queremos algo, y estamos convencidos de que lo vamos a lograr en algún momento, ponemos todo nuestro empeño en lograrlo. Investigamos, buscamos alternativas, hacemos por cuadrar las opciones, pedimos ayuda… y nuestra creatividad se dispara buscando la manera de conseguirlo. Sin embargo, si no nos creemos que podamos conseguirlo, nos damos por vencidos antes de tiempo, ponemos excusas (algunas más ingeniosas y otras bastante menos) y no gastamos ni un poco de nuestras energías en pensar alternativas.

Te propongo que revises esos propósitos de año nuevo, y los que arrastras desde hace tiempo y te plantees qué hacer con ellos. Si realmente estás convencido de querer ir a por ellos, empieza ya. Créetelo! Define un plan y ve a por ello. No digo que sea fácil (aunque a veces seguro que resulta ser más fácil de lo que pensábamos), pero seguro habrá alguna posibilidad más de conseguirlo. Si no vas a intentarlo, elimínalo de la lista y no gastes energías en lamentarte porque no lo consigues.

Espero que te haya servido esta reflexión. Me encantará saber qué te ha sugerido. Ya sabes que puedes dejar abajo tu comentario o enviarme un mail a cambiandodegafas@gmail.com.


Un abrazo y recuerda ser feliz!    

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