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Todo. Nada. Siempre. Nunca.

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Utilizar estos términos tan absolutos nos puede generar problemas. Lo que seguro no hace es que consigamos cambiar algo. Solemos usarlos cuando estamos enfadados o tristes. " Todo me sale mal ". " Mi jefe nunca reconoce si hago un buen trabajo ". " Siempre elijes tú los planes ".  " No haces nada por mí ". Suenan a queja, a pataleta, a exageración... y dan poca credibilidad a lo que decimos. Sobre todo cuando estamos en una discusión o tratando de describir una situación. ¿Cuántas veces te observas usando estos términos? ¿Los escuchas a menudo en tu entorno? Te invito a que seas más consciente de si los usas y en la medida de lo posible, cuando te escuches diciéndolo, te hagas alguna de estas preguntas: - ¿"Todo"? ¿Seguro que "todo"? Vale, quizá sea mucho... Intenta objetivar y decir "cuánto". (En el "Todo me sale mal"... igual algo te sale bien, no? Por poca cosa que sea...). - ¿"...

Que el "tengo que" no mate al "quiero"

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¿Cuántas veces te escuchas decir frases que empiezan con la expresión "tengo que..." ? “tengo que terminar el informe esta noche” “tengo que quedar con mi amigo” “tengo que hacer la comida” … Llevo un tiempo fijándome en el uso que yo doy a esas palabras, y en el uso que hacen en mi entorno. Y he llegado a la conclusión de que demasiadas veces utilizamos el “tengo que” de una manera equivocada, que acaba generándonos malestar. Todo, por no pararnos a pensar qué hay detrás de ellas… No digo que tengamos que eliminar esa expresión de nuestro lenguaje. La verdad es que sonaría raro decir “quiero ir a por mis hijos al colegio…” . Solo propongo que le demos una vuelta a cómo la usamos, a qué sentimos cuando la usamos, y que pensemos si queremos hacer algo con ello. ¿Qué está pasando en nuestra mente cuando decimos “tengo que” ?   Puede darse la situación de que nos guste hacer una tarea, pero elijamos posicionarnos en el rol de víctima. Es como...

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

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Qué triste escuchar a alguien decir esto, ¿no?. ¿Te has parado a pensar lo que transmite esta frase? Pena, resignación. Transmite una idea de fin, de no retorno… Y transmite también un ápice de sorpresa, ¿no te parece? Este verano descubrí la parábola de la rana hervida en un libro de Pilar Jericó que se titula “Y si realmente pudieras?” y dice así: “Si ponemos una rana en una olla de agua hirviendo, inmediatamente intenta salir. Pero si ponemos la rana en agua a temperatura ambiente y no la asustamos, se queda tranquila. Al ir elevando la temperatura del agua poco a poco, la rana no reacciona. Está cada vez más aturdida y, finalmente, no está en condiciones de salir de la olla. Aunque nada se lo impide, la rana se queda allí y hierve. Muere. ¿Por qué? Porque su aparato interno para detectar amenazas a la supervivencia está preparado para cambios repentinos en el medio ambiente, no para cambios lentos y graduales”. A las personas a veces nos pasa algo así. Que sufrimos el ...